La última casa de Marilyn Monroe; su refugio contra el mundo

“Vivir sola es como estar en una fiesta donde nadie te hace caso”.

Uno de los iconos más emblemáticos de la cultura, la ambición rubia, describía su turbulenta y solitaria existencia en cada una de sus frases, detenidas para la eternidad aquel 5 de agosto de 1962, el fatídico día en el que su sensualidad desbocada se apagó para siempre en una de las habitaciones de esa casa en la que nadie ‘le hacía caso’.

La última residencia de Marilyn Monroe, la única de su propiedad, se construyó en 1929 en la lustrosa Brentwood, a la vera de Hollywood, sobre una superficie de más de 2.100 m2. El estilo colonial español (construcción simple y ornamentación barroca) rezumaba en un domicilio repleto de sus retratos y decorado con el gusto que se le presumía. Los telares con figuras aztecas, azulejos, espejos y máscaras que adquirió en sus escapadas a México adornaban las estancias de la única planta, en forma de L, de la que constaba una morada con piscina ovalada y un bonito jardín en el que Marilyn vio pasar, entre llantos, sus últimos seis meses de vida. Un muro rodeaba esta vivienda de paredes de adobe para proteger la privacidad de la intérprete; intimidad que se vio coaccionada por los micrófonos instalados en los cuartos del chalet (no se sabía quién escuchaba: la mafia, el FBI, detectives… o todos).

Maf, el caniche que le regaló Sinatra, campaba por esta “fortaleza linda, con ocho habitaciones, donde me siento a salvo del mundo” solía decir la actriz con la sonrisa que le proporcionaba una reforma de la que se sentía satisfecha. Su gramófono descansaba en el suelo de un piso que compró por 77.500 dólares y que en 2010 se vendía por 2,8 millones de euros. Una casa que supuso un respiro tras su ruptura con Arthur Miller, con el que formó su primer hogar, tras sumar más de 50 direcciones entre orfanatos y casas de acogida. Pero ni allí ni en el 12305 de Fifth Helena Drive, su refugio, se sintió plena.

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